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Libro fotográfico, cuyas imágenes retratan la época en la que da comienzo la historia de Greta Bouvier; la gran dama de sociedad que protagoniza Agua del limonero. Esta pequeña obra sirve de complemento para ambientar la novela, como decorado o música de fondo.
Greta nunca salía de casa sin una gardenia en el ojal. O una rosa de té, blanca y breve como su taconeo de paloma inquieta. A estas alturas de su historia trataba a la vida como a una vieja amiga y era capaz de perdonarle hasta sus desplantes más crueles.
Sabía que algunos recuerdos duelen para siempre: que el tiempo tienen la fea costumbre de dejar su firma en el rostro de quienes lo ven pasar: que ciertas personas no aprenden jamás: que las que nacen buenas casi nunca se tuercen, y que las que nacen malas no tienen remedio.
Acababa de cumplir setnta y seis años -aunque sólo bajo el botox y el lifting: frente al espejo nadie le hubiera adivinado más de sesenta- pero era frágil. Frágil de andares y firme de carácter: una contradicción que le amargaba la existencia, ya que si no fuera por esos vuelos tan cortos y esas plumas tan deshechas, y esos huesos tan quebradizos, Greta Bouvier todavía sería aquella dama de largometraje que hacía maldecir su suerte a cada hombre que se cruzaba con su mirada y se descubría sin ella entre los brazos.